ENTRE SUSPIROS,RISAS Y GEMIDOS

No podía más que reír entre el vaivén de cada vibración, después suspiraba para tener aliento y luego el gemido. Así era ese instante de placer mutuo que nos inventábamos, ya no con ese afán de la pasión desbordada de los años juveniles cuando crees saberlo y sentirlo todo.

¡No! Ahora es el placer inventado, calculado y programado.

Vamos a estar solos en la casa —dijo él—

Él, es el hombre con el que comparto mi vida desde que lo hacíamos en todas partes, ese que se inventaba cualquier excusa para estar a solas y meter su mano debajo de mi falda o bajar la cremallera del jean. Pasábamos de un beso tierno apenas rozando los labios, al desenfreno de la lengua recorriendo las bocas, de su lengua mojando más allá de unos simples labios, provocando el gemido.

Ahora unos cuantos años después, con la edad madura encima, algunas condiciones físicas que no favorecen el sexo desenfrenado, llega el … ¡vamos a estar solos!

En la habitación, en el cajón más olvidado, el que queda arriba, ese al que se llega estirándose, el menos visible para el resto de la familia, ahí están las cajas fucsia y rosada.

Todo está programado. El lugar, el día, la hora, la mente y el deseo.

La sonrisa socarrona aparece y esconde las ganas de sentir porque ya no hay miedo, no lidiamos con el temor de no llegar.

—¿Rosada o fucsia? — preguntó.

No alcance a contestar cuando tomó la caja fucsia, me miró y sonrió —probemos este otra vez—

Yo asentí y él procedió.

Un besito tierno, cómplice, no hubo tiempo para preparar el ambiente, ni la vestimenta sensual. A veces, esas cosas se pueden pasar por alto.

Sentados en la cama mirando ese artefacto, que seguramente la revolución industrial hizo posible que llegara a nuestras manos. El fucsia lo habíamos probado y no fue el hit que creíamos. Eso pensamos hasta ese día.

Lo sacamos de la caja —¿Está cargado? —Si, yo me encargue de eso—

Nos miramos muy de cerca, el beso tierno y esa risa graciosa que esconde la expectativa de lo que ya viene, sin mayor preámbulo. Con cierta prisa él se levantó de la cama para dejarme ver, por encima del pantalón, lo que su imaginación provocaba. Yo sonreí y él procedió a quitarse la ropa con afán, yo aún estaba vestida, y como siempre miraba su cuerpo y su virilidad por mí, que esta vez no tenía reparos en aparecer.

Los dos sentados en la cama comenzamos a hacer el curso de cómo poner a funcionar el succionador de clítoris o el vibrador, ya que eran las dos cosas en uno. La verdad todavía no estábamos seguros de cuál era su bondad. Sin duda, la primera, era ver cómo sin entrar en acción, su pene permanecía erecto, tal vez porque no había presión de responder, o porque había esa complicidad de divertirnos y disfrutar sin pensar en un resultado.

Tomé el dispositivo y lo encendí en modo succionador. Lo empecé a rozar en su muslo desnudo. Lo cambié a vibrador para ver si encontrábamos la diferencia, pero él simplemente no descifraba una cosa de otra. Lo dejé encendido a un lado. Mi ropa comenzó a volar por todas partes, sentí el sonido de la vibración, preámbulo del éxito.

—Primero tú, me dijo tomándolo —Vamos a probar succionando.

Me besó y me acomodó para que estuviera de la manera más plácida posible. Yo me dejaba guiar, desnuda. Él miraba mi cuerpo. Ya no el de la jovencita sino el de la mujer madura con los rastros del tiempo y la experiencia. Yo mirando el suyo con huellas del paso de la vida. Pero eso no nos detuvo. Al contrario, nuestros cuerpos van reaccionando al estímulo de vernos, de acariciarnos. Las manos de los dos por todas partes, senos, brazos, muslos, las bocas juntándose para decirse que aún se desean, que aún se aman. 

Como en una escena de exorcismo, me recuesta sobre la cama. Siento una sensación tenue como de viento suave y frío en mi piel al paso del succionador. Como quien inicia un ritual sagrado, me mira a los ojos expectante ante cualquier asomo de placer, despacio, calculando cada movimiento recorría mi cuerpo con el aparatejo aquel encargado de ofrecer sensaciones con la ayuda de su mano.

Todavía lejos de su objetivo, el clítoris, lo sentía por mi piel, me causaba sensación de risa de solo ver su cara, subí los brazos y entrelacé mis dedos por detrás de mi cabeza. Fue la posición de espera más cómoda que encontré, con el tacto delicado y amoroso separó mis piernas, me miró de nuevo esperando aprobación. No dije nada, solo lo dejé actuar. Su fascinación del momento inundaba nuestras vidas y yo seguía dispuesta. Sin darme cuenta empecé a sentir un suave soplido que entraba y al presionar vibraba de una forma constante con sensaciones en la piel y el cuerpo, espasmo, contracción, ambas. El tiempo se esfumó y en un momento  comencé a reírme intentando cerrar las piernas. Fue imposible, su mano detenía mi movimiento.

Subía tan rápido la temperatura y mi clítoris reaccionaba al estímulo de la pequeña ola de viento frío y vibración. Sentía un espasmo y al segundo un corrientazo que alertaba mi mente, que no supe en qué punto las risas de los dos se confundian. Mi cuerpo empezaba a temblar, mi corazón latía a la velocidad de la luz. Y en medio de ese carnaval de emociones lograba  pensar: “¡Qué pena! ¡No llevo ni cinco minutos!” Pero no pude disimular ni parar. Iba de cero a 1000 en segundos. Seguía riendo, suspirando para controlarme y al mismo tiempo gemía con la almohada en la boca, paraba y volvía a reír, mientras él lo hacía  al unísono conmigo y miraba con asombro que no había pasado mucho tiempo, y yo estaba sumida en un estado de lujuria, risa y ahogamiento. 

Al fin logré sentarme y salir de mi estado de conmoción. Él no paraba de reír y de pronto dijo —¿Te viniste?-–

Sentía entre pena y satisfacción. Volvió a hablar —¿En serio? ¿Tan rápido?—  

No respondí, pero tenía esa risita tonta fácil de descifrar.

Él no creía posible que me hubiera venido en menos de cinco minutos. Entonces me volvió a recostar y dijo —¡Probemos otra vez!

Volvió a aparecer ese pequeño ciclón que me hacía reír, suspirar y gemir, esta vez sin pensar mucho en lo que pasaba. Solo me di la oportunidad de sentir, porque por una extraña razón, con la exactitud de un reloj suizo, colocaba el succionador en el clítoris, cosa que jamás supo cómo hizo. Cosas de la lujuria. 

Pasado un corto momento, después de reír más y tratar de descifrar cómo atinó de esa manera, tomé el succionador y le dije —¡Te toca!–-

Sin pensarlo, se recostó. Y yo como en un acto ceremonial comencé a recorrer su cuerpo. Lo miraba. Él sonreía sin mayor estímulo. Seguía repasando sus muslos, su pecho, sus piernas. Y luego, con la misma delicadeza recibida, separé sus piernas, sin pedirle consentimiento. Acerqué el succionador a sus bolas. Él me miró y supe que le era placentero. Prendí el vibrador y con las dos cosas funcionando, vibrador y succionador, presioné la parte de atrás de sus bolas. Dejó escapar un suspiro y supe que iba en la dirección correcta. Su erección se mantenía en el tiempo y si mi respuesta era inmediata, la de él se tornaba pausada y casi solemne.

Su pene erecto recibía el aire controlado del succionador y la vibración estimulaba todo el cuerpo del pene haciéndolo sentir espasmos. Cerrando los ojos se dejaba llevar por la pequeña corriente que sentía. Después fue imposible no tener fijación en su pene, que cada vez se veía más erecto. En un momento me dijo  —Lo siento grande— Era cierto, se veía grande y cabezón. Con precisión ubicaba el juguete en el glande, lo deslizaba alrededor, de abajo hacia arriba, y así volvía empezar una y otra vez dilatando el final,  presioné con mi mano y jugué con el succionador haciendo movimientos continuos, un movimiento tierno y circular con mi boca acompañado de la vibración lo hacían sentir un cosquilleo intolerable que después me confesó. Así repitiendo y acariciando con cariño y amor al verlo sometido a mi voluntad, de pronto, escuché en voz baja un sonido mezcla de suspiro y gemido, llegó ese orgasmo más pausado y controlado.  Quedó tendido en la cama y me miró diciendo: “¿Quién dijo que los succionadores eran solo para mujeres?” Y ahí cayó rendido de placer. 

Ya teníamos que ordenar y guardar los implementos. No queríamos ser encontrados in fraganti, ya no por nuestros padres, sino por nuestros hijos. Nos vestimos sin antes volver a reír al recordar que ese juguete alguna vez nos pareció una perdedera de tiempo. Solo faltaba un toque de malicia, exactitud y emoción para sumirse entre suspiros, risas y gemidos.   

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